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lunes, 7 de octubre de 2019

     


La ciudad de Dios

El ruido ensordecedor de las maquinarias utilizadas para la demolición y arrastre de los escombros de las viviendas ubicadas en las dos manzanas de la plaza central, más los golpes con las “monas o mazos” de veinticinco kilos de peso, que los obreros de turno le propinaban a los inmuebles declarados de utilidad pública en la plaza central de Soledad para su ampliación, rompieron estruendosamente el silencio matinal de siempre y con ello comenzaron a asomarse las miradas estupefactas por las ventanas de las viviendas del entorno, incluyendo las del actual párroco de la Iglesia de San Antonio de Padua que levitaba entre sueños. Antes habían visto el éxodo a cuenta gotas de las familias propietarias de los inmuebles que tristemente salían, dejando atrás los recuerdos de toda una vida de sabores dulces y amargos que llevarán consigo hasta el final de sus días.

Los arranca pellejos como “cariñosamente” se les llama a los asiduos visitantes del atrio de la Iglesia y algunos ciudadanos residentes del sector de la plaza central de Soledad, notaron con profunda consternación el destrozo de dos viviendas representativas en términos estéticos y eclécticos, como son la Heladería Santa Elena y la Casa residencial de doña María Tirado, cuyos espacios albergaron aspectos de vida social de sus ciudadanos y sus instantes de felicidad, regocijo, desesperanza y encuentros de amores en secreto de varias épocas vividas. Ambas viviendas hacían parte de las dos manzanas que compró la Gobernación del Atlántico para ampliar el espacio público muy ínfimo que presenta la ciudad, las cuales fueron desafectadas irregularmente por el municipio, como ya lo he dicho reiteradas veces en medios de comunicación y demolidas sin contemplación alguna. Lo que no entendían los civitas raizales y muchos de nosotros, era la demolición de la vivienda del fallecido don Pedro Ucros Barrios, vivienda que prestó el servicio de uso residencial a triviales y prestantes familias de la municipalidad que, en primera instancia, fue la parte administrativa en su momento del antiguo Teatro Olimpia y en la que funcionó por mucho tiempo la heladería la Central, una zona de juegos al azar y últimamente un estadero de venta de licores. La demolición de este inmueble que no fue desafectado por la Secretaría de Planeación municipal, cuya protección y salvaguardia la definen los decretos municipales 0336/2007 – 514/2016, se hizo en el preciso momento en que se iniciaron las obras correspondientes a las dos manzanas declaradas de utilidad pública, lo que causó confusión en términos peyorativos, del alcance del proyecto que se viene ejecutando en la plaza central, muchos de sus ciudadanos pensaron que la manzana donde se encuentra el antiguo Teatro Olimpia, la antigua Biblioteca Melchor Caro y la vivienda de la Familia Donado, las cuales hacen parte del listado de protección de los decretos referenciados, también serían  arrasada, a lo que el párroco de la iglesia en forma angustiosa exclamo, según los comentarios de sus propios feligreses: “elevemos plegarias al altísimo a través de una cadena de oración para la protección de la parroquia, porque así como se vienen dando las cosas para la ampliación de la plaza central en esta “ciudad de Dios” y del sagrado corazón, con toda seguridad correremos y padeceremos la misma suerte de tan ignominiosa acción depredadora…”

Nos siguen demoliendo la poca memoria histórica de la que nos queda de la ciudad, los bárbaros del hacha y el garrote vuelven a cenar con los escombros culturales de la sociedad soledense, han deglutido con mucha gula y sevicia la primera Casa Liberal, las cantinas el Bufón y American Bar, la casa de la Familia Ferrer, La casa de Palma de enea de la calle 15, La heladería Santa Elena, la casa de María Tirado, en este momento corre la misma suerte la casa de don Pedro Ucros Barrios y lo más probable es que otras ciento veinte más de esos inmuebles protegidos, sean digeridos sino se le aprietan las riendas al caballo desbocado de la presión inmobiliaria y la especulación del suelo. Esta castración de la memoria urbana que sufre la ciudad por el aparente “desconocimiento e indiferencia” del control urbano contemplado en la norma, ya sea por omisión o acción de los agentes del orden de la policía nacional así como las Secretarías de Gobierno y cultura, instituciones públicas que son las responsables y competentes para evitar este tipo de acciones demoledoras que cercenan los símbolos estéticos de la ciudad y lo más grave el papel de la cultura como fundamento de nuestra nacionalidad colombiana como lo define la Ley 1185 de 2008 que modificó el artículo 4° de la Ley 397 de 1997, en su artículo primero: “El patrimonio cultural de la nación está constituido por todos los bienes materiales, las manifestaciones inmateriales, los productos y las representaciones de la cultura que son expresión de la nacionalidad colombiana, tales como la lengua castellana, las lenguas y dialectos de las comunidades indígenas, negras y creoles, la tradición, el conocimiento ancestral, el paisaje cultural, las costumbres y los hábitos, así como los bienes materiales de naturaleza mueble e inmueble a los que se les atribuye, entre otros, especial interés histórico, artístico, científico, estético o simbólico en ámbitos como el plástico, arquitectónico, urbano, arqueológico, lingüístico, sonoro, musical, audiovisual, fílmico, testimonial, documental, literario, bibliográfico, museológico o antropológico.”

Por lo anterior el patrimonio como monumentalidad arquitectónica dejó de ser el concepto rector para la preservación y protección de los inmuebles en cuestión, ella -osea la Ley- fortalece el concepto filosófico del italiano Nuccio Urdine en lo que concierne a la “utilidad de lo supuestamente inútil” de nuestros símbolos patrimoniales. Por eso no es valido la responsabilidad única que recae sobre los curadores urbanos de la ciudad en esta toma de decisiones al entregar una licencia que implica la demolición del inmueble protegido bajo la égida de una Ley nacional, una Ordenanza departamental o un decreto municipal que poseen en forma clara la presunción de legalidad, son corresponsables de la falta, eso sí, igualmente el Alcalde y sus unidades  de control urbano al mando de él, que no ejercen la auditoría a la licencia expedida para así utilizar el poder que le otorga la ley en su revocación total en caso de que exista una transgresión a la norma vigente. Ante tanto urbanicidio al patrimonio cultural de la ciudad cabe preguntarnos:

¿por qué tanto desprecio y agresividad con Soledad en lo referente a su legado histórico y cultural?

Muchas respuestas quedarán pendientes en el tintero, pero ya es hora de la resistencia y de que nos pellizquemos ante tanto salvajismo urbano que nos destroza la ciudad, o nos veremos condenados a no mirar en lontananza el resurgimiento del alma de una ciudad, lapidada y tendida bajo el sol en los pretiles del olvido.
Vade retro…



















ONU-Habitat: En la ruta hacia ciudades más prosperas

martes, 2 de julio de 2019

       
   
¿Gobernador o depredador?


El gobernador del Atlántico Eduardo Verano De La Rosa, pasó de ser la cándida eréndida en el Distrito de Barranquilla al abuelo desalmado en el municipio de Soledad, a diferencia de la novela del nobel de la literatura colombiana, Soledad nunca incendió en términos peyorativos, el recinto administrativo de la gobernación del Atlántico ni los sueños de su mentor, todo por el contrario, ha soportado las cargas que se le han impuesto en sus proyectos de atención a la ciudad sin consultarla y en ese sentido hemos sido estoicos a causa de los “supuestos favores” recibidos, que nos lo cobran a punta de garrote y zanahoria, en las diversas decisiones políticas fomentadas por los barones y las castas familiares que han libado el poder en forma continua y hereditaria.

Tanto en Barranquilla como en Soledad, se están demoliendo y recuperando las plazas públicas más representativas de sus territorios, actuaciones urbanísticas que se derivan del plan de desarrollo departamental en curso con relación al incremento del espacio público en los diversos municipios, ambas plazas dentro de sus polígonos albergan bienes de interés cultural arquitectónicos que son de protección distrital y municipal, y por casualidad del destino, que el universo siempre interpone, las condiciones de preservación y conservación en cuanto a su renovación urbana, no fueron las mismas, el poder de destrucción por vía gobernativa departamental, no fue magnánimo con Soledad pero sí benévola con Barranquilla, el autoritarismo anacrónico en la decisión ejecutada deja mucho que pensar, cuando el supuesto de gobierno de las intervenciones del ente departamental en un territorio deben ser en derecho, que es fundamental para la convivencia de las ciudades, se aferró a un criterio formal de segregación urbana por el supuesto beneficio de recuperar la plaza a costa de los inmuebles que se demolieron para siempre, que en el presente imperfecto, solo serán testigos inmateriales de nuestra historia fragmentada y aún en construcción, que recogerá nuestra oralidad ciudadana y las fotografías de turno que se conserven por In saecula saeculorum. 
   
En Barranquilla el accionar de los golpes en la demolición de la ampliación de la plaza de la paz no fue depredador, fue una copulación amorosa entre dos amantes que siembran la vida en modo de agitación calurosa, sin olvidar su pasado, para garantizar un dialogo permanente con el futuro de sus generaciones. Y como resultado de esa unión para engendrar la vida, el BIC protegido (la famosa casa de estilo republicano de la esquina ubicada en la carrera 45 con calle 50 pertenecientes a la familia Italiana Casinchi)  sigue en pie, es decir, se atendieron con mucho respeto lo legal en la inclusión del BIC referenciado a el diseño de la plaza de la paz que cumple con lo normatizado en la Ley, que jerarquiza este proceder, como uno de los elementos de los sistemas estructurantes en un modelo de ordenamiento territorial moderno. ¿Por qué en Soledad ese proceder fue distinto? 
  
Estas dos nuevas puñaladas al corazón de la ciudad de las muchas recibidas por raizales y foráneos en la construcción permanente de nuestro municipio, aumentan aún más los estertores de la muerte como ciudad segregada y violentada, nos destrozan paulatinamente nuestra herencia cultural material, que si bien es cierto sus valores arquitectónicos no tienen esa dimensión monumental que refleja nuestro vecino distrital en sus BIC, pero que en nuestra ciudad, no dejan de responder a un gusto por el eclecticismo de formas arquitectónicas adoptadas en las fachadas de sus viviendas, dignas de conservar para nuestra historia que no es del todo reciente, pero que no podemos dejar de hilar sus contenidos y menos permitir la destrucción de sus eslabones de vida, que guardan nuestras vivencias citadinas como sociedad emergente y son prenda de garantías para enfrentarnos a la anomia urbana presente y no desaparecer. 
            
Las estatuas de cobres verdosas del libertador Simón Bolívar y la de los músicos  Francisco “Pacho” Galán y Rafael Campo Miranda, ilustres ciudadanos raizales del municipio de Soledad, “miraban” estupefactos la atrocidad urbana acometida por el equipo de contratistas de la Gobernación del Atlántico, para emprender la demolición de la viviendas enmarcadas dentro de las manzanas adquiridas, se borraban de un tajo más de cien años de historia cultural del municipio, dos de sus viviendas además de muchas otras demolidas (Heladería Santa Elena y la casa de la familia Ucros tirado)  protegidas bajo la norma y desafectadas irregularmente, caían a pedazos por el golpe absurdo y continuo de las “monas” de hierro que con un peso superior a los treinta kilos, pulverizaban el alma de la ciudad que muere lentamente en medio de la desidia y la corrupción.


Casa familiar Ucros Tirado antes de la demolición 


Casa Ucros Tirado después de la demolición, al fondo en espera de su turno la Casa Santa Elena


Una historia centenaria decapitada